Enfermedad del Vacío


Ángel Eduardo García M., Fecha: 24-04-2015

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Después de la segunda guerra mundial el mundo occidental inició una carrera hacia la recuperación de los países más afectados en el conflicto, estos asumieron un modelo de desarrollo que paulatinamente fue imponiendo, por consenso, la idea del progreso basado en los preceptos del materialismo. Este movimiento comenzó a exponer su mejor cara desde los Estados Unidos de Norteamerica a partir de los años 50 y en la década del 60 mostraron el trofeo del viaje a la luna como una presea que los afianzaba como los representantes de punta de una filosofía de progreso que fue tornándose, con el pasar de los años, en el modelo a seguir.


El clásico “American way of life” era el sueño de la mayoría de los habitantes del hemisferio occidental y, especialmente, de los habitantes de los países satélites. Evidentemente el desarrollo vertiginoso, en materia científico-tecnológica, comenzó a vencer las limitaciones del mundo pre-moderno y se asumió la modernidad como el gran sueño de la humanidad que prometía resolver las materias pendientes signadas por la carencia de oportunidades para las mayorías, tanto en los habitantes de los países del centro como para los de la periferia.
La idea del desarrollo se apoderó del mundo y con él una filosofía del éxito basada en la obtención de recursos para una vida de comodidades, pero a la vez displicente. Se comenzó a manejar la idea de estudiar para ser “alguien” en la vida, pero ese “alguien” llevaba implícito “tener, tener y tener” como dice la canción de Rubén Blades.
Progreso, desarrollo y éxito fueron conceptos que se relacionaron indefectiblemente a una filosofía barnizada de materialismo que terminó cosificando la vida de las mayorías. El esmoquin y el maletín se convirtieron en símbolos VIP aunque los portara un personaje frio, calculador y deshumanizado.
Este arquetipo fue sembrándose en el inconsciente colectivo de tal manera que la idea de unión con lo sagrado se desdibujó y el ciudadano sufrió una desnaturalización que lo condujo a la robotización de la vida. Esa cara adornada con finos maquillajes de desarrollismo y de éxito, basado exclusivamente en las metas materiales, crearon unos vacíos insondables en la mente colectiva.
Esta estructura de vida ha traído consigo sus propias enfermedades. Se ha hecho común la depresión en personas de mediana edad que han sido triunfadores en sus oficios pero después de tener sus necesidades primarias cubiertas se sienten vacíos de sentido y significado. “Yo soy una persona exitosa, no sé por qué me siento así vacío, como si todo lo que he hecho no tuviera sentido” se les escucha decir. Estas personas pensaron que éxito y felicidad eran sinónimos. El éxito tiene que ver con la consecución de metas mientras que la felicidad es un estado interno donde se involucra el sentir y la conciencia, elementos no imprescindibles en el éxito.
Este modelo cosificado de pensamiento ha sumado más desdicha que bienestar. Vemos parejas que después de construir un hogar para su familia adornado con casas, carros, etc., llevan una pobre vida llena de insatisfacciones y desencuentros que se desencadenan con el tiempo en enfermedades comunes. Hombres que se casan porque es el próximo paso a seguir, porque deben cumplir un deber con la pareja y familia o por la comodidad de tener a alguien que se encargue de los deberes y cuidados de la casa y que más adelante le de los hijos correspondientes. Mujeres que aun cuando se unieron en matrimonio llenas de ilusión, al tiempo de casadas se percatan que no se identifican en lo absoluto con su marido; se dan cuenta que lo hicieron para satisfacer un sueño o fantasía de infancia, por considerar al hombre un buen partido que cumple con los requisitos sociales de estudio y trabajo o porque salió embarazada y lo aparentemente lógico es casarse. Vivimos en una carrera constante de alcanzar objetivos sociales sin considerar lo que realmente es importante. Las relaciones de pareja siguen este modelo cosificado en el que dejan a un lado el amor como estado perfecto de convivencia de dos seres celestiales con potencialidades infinitas, para cumplir deberes, vivir creencias, y tener cada día más. Primero la pareja, luego el matrimonio, luego la casa, luego los hijos, y así sucesivamente tener, tener y tener sin quedar satisfechos nunca.
Inconscientemente el vacío interior necesita ser llenado. Es importante el número de personas que al no haber trascendido el condicionamiento de la información superficial buscan llenar este vacío con placeres transitorios como las drogas o el sexo, solo para darse cuenta que cuando pasa la sensación placentera el vacío es mayor. Otras llenan la ausencia de sentido en la carrera desenfrenada del tener a través del hacer, muy propio de los adictos al trabajo, estas personas son las que hacen la melancolía involutiva cuando son jubilados, donde ya no hay rutina que cumplir ni ordenes que seguir, se quedan sin propósito de vida por lo que caen en depresión, un vacío existencial al no tener nada que hacer, desconocen ser, solo aprendieron a hacer para tener.
En ese ciego camino de la búsqueda estéril por el tener el ser humano va concentrando la vida en la alienación de la cantidad, comprometiendo a limites suicidas la CALIDAD, estas personas se convierten en lisiados emocionales incapaces de disfrutar una puesta de sol, una poesía, una obra de arte o, sencillamente, la sonrisa de un niño. La enfermedad del tener hace de estas personas unos minusválidos emocionales incapaces de construir relaciones basadas en el amor, lo cual les lleva a padecer una vida de desdichas por su incapacidad de amar y ser amados.
En la infatuación por lo material el vacío interior se va ensanchando hasta provocar, generalmente en la mediana edad o en última etapa de la vida, la crisis de significado que se manifiesta como depresiones sin causa aparente, angustias sin sentido, crisis de pánico, enfermedades orgánicas como las autoinmunes o en tumores cancerígenos. Estas manifestaciones no son otra cosa que los reclamos del ser interior (Alma) por llamar la atención hacia los temas trascendentes de la vida. La curación de muchas enfermedades reside, fundamentalmente, en un giro de la percepción de la vida y en especial del mundo interior, he tenido la oportunidad de ver el proceso transformador en personas con enfermedades de alto riesgo, que entienden que la enfermedad no es causa sino consecuencia de su propia historia, y se ganan para recomponer su mundo, sanando las memorias insanas para encontrar un poco de paz interior, comienzan a poner la lucidez y claridad que les permite entender el porqué de la enfermedad.



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Dr. Ángel García Montero
Con más de 25 años de práctica médica y más de 15 años de investigaciones científicas, el Dr. García plantea que el cuerpo no enferma sin la participación de la Conciencia y que todo abordaje terapéutico debe realizarse de forma integral la química del cuerpo físico, el patrimonio energético y por supuesto, La Conciencia.

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